Cuando las izquierdas llegaron al gobierno, su horizonte utópico se vio radicalmente alterado. Dejó de ser horizonte para ser el aquí y ahora, dejó de ser utopía para transformarse en la administración de lo real y concreto. Tuvieron que administrar, con perspectiva estratégica, los desafíos de corto plazo que le imponían estructuras que, como el Estado y el mercado, fueron construidas siguiendo una lógica que les era ajena. No surgieron de una revolución, sino de las urnas. Las estructuras que heredaron eran unas que las izquierdas sabían enfrentar y denunciar estando en la oposición, pero que resistieron ferozmente cualquier intento de transformación política (pensemos en el Poder Judicial o las Fuerzas Armadas). A lo anterior se suma el hecho de que la izquierda debe gestionar y transformar al mismo tiempo. Cuando se dé cuenta, estará más ocupada en gestionar que en transformar.
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